ESTELA ANA MEDINA (PRIMERA PRESIDENTE DE SOLES): “Soles fue y será lo mejor de mi vida”
El efecto mariposa es un concepto de la Teoría del Caos que establece que, en sistemas complejos, variaciones minúsculas en las condiciones iniciales pueden provocar resultados drásticos e impredecibles a largo plazo. Resumido: es la famosa metáfora de que el aleteo de una mariposa en Brasil puede desatar un tornado en Texas.
Estela Ana Medina, rosarina de nacimiento, pero cordobesa por adopción, provocó un “caos” tan conmovedor, como el que sólo puede lograr alguien que vive para el prójimo. A los 68, puede ver que aquel “aleteo” en el Hospital de Niños viejo, allá por el 2000, en el que pidió a su grupo “trabajar en serio” por los niños, es hoy una de las instituciones más reconocidas de Córdoba por su trabajo con pacientes oncológicos y sus familias: la Asociación Civil Soles.
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“Soles fue una consecuencia. Siempre quise ir al Hospital a leer cuentos o a entretener los chicos del hospital. Un día conozco un grupo de gente que iba al Hospital de Niños viejo, y me incorporé como voluntaria unos dos años. Soy muy observadora e inquieta en hacer proyectos, y veía que lo único que hacíamos era llevarles caramelitos a los chicos, visitarlos y nada más. Un día hablé con mis compañeros. Era un grupo reducido, y les dije: ‘sería bueno que trabajáramos de verdad para los chicos’”, recordó Estela.
Estela Ana se levantaba a la madrugada e “iba al hospital a las 4 am y veía a los papás durmiendo sobre cartones en el piso. Ahí vimos la gran necesidad que había, que no era sólo jugar o contar un cuento. Eran padres de pueblitos muy chiquitos que llegaban con su hijo, se encontraban con un diagnóstico, subían a su hijo a una ambulancia e iban directo al hospital de niños. Sin nada, con lo puesto”.
“Fue como una bola de nieve que empezó a rodar y no terminó de crecer nunca. Al ir todos los días, veíamos la necesidad cotidiana. No tenían ropa para cambiarse, madres que se desmayaban de hambre porque pasaban dos o tres días sin comer. Entonces empezamos a conseguir los bolsones y se entregaban todos los viernes. De a poco conseguimos que el hospital nos permitiera poner una cocina, un freezer, una heladera, y un comedor nos prestó la cocina para hacer viandas para 15 días. Ahí empezamos a darles de comer a los papás todos los días. Para las mamás compramos catres para que no tuvieran que dormir en un piso”, destacó.
Después de unos meses, “decidimos que tenía que tener un nombre y que teníamos que anotarnos en personería jurídica para tener el aval de pedir donaciones y hacer eventos grandes. Así nace Soles. Empezamos a trabajar ya como Soles en el Hospital de Niños nuevo”.
-¿Por qué “Soles”?
-Se puso a votación entre las voluntarias. Una chica propuso ese nombre e inclusive el logo. Nos gustó porque el sol representa calor, y simbolizaba que cada voluntario era un rayo de sol que alumbraba y calentaba, en el abrazo, a ese niño o a esa mamá o papá que lo estaba conteniendo. Sentimos que ese nombre nos representaba.
Aquel “aleteo” primero no dio descanso. “Empezamos pocos, fue un trabajo duro. A veces me levantaba a las 5 am y me acostaba a las 2 am. Los principios eran todo a pulmón. Me tocó el trabajo más comprometido porque dejé mi trabajo para encargarme de las cosas de todos los días, como conseguir socios, visitar empresas, y todo eso”, explicó.
Estela hace una pausa. Los recuerdos le despiertan emociones todavía latentes. “Soles fue y será lo mejor de mi vida. Le ponía mucha pasión. Gracias a Dios nunca tuve un no por respuesta. Pasaba ese milagro de poder atraer la atención del otro y que viviera, a través de lo que le contaba, lo que era trabajar con los niños, los papás y la necesidad”, valoró.
Y agregó: “Esto se trata mucho de la empatía, de ponerse en el lugar del otro. De alguna forma lo hacía poner en el lugar del otro. Para un médico lo importante puede ser la droga, pero hay muchas otras cosas importantes”.
-¿Y en su casa cómo tomaron esa vocación?
-Por suerte tenía mis hijos grandes, se independizaron muy jóvenes. Mi hija más chica, de 17, también iba de voluntaria al hospital. Y tuve el apoyo de mi esposo que nunca se quejó de que estuviera todo el día en Soles. Aparte me hacía tiempo para todo, de dejarles comida, la casa limpia, que no hubiera quejas. Y pude dedicarme a lo que más amaba, que era estar en Soles.
-¿De dónde viene esta vocación?
-No sé de dónde. Desde los 12 años iba a la Casa Cuna a jugar con los chiquitos de 2 y 3 años. Era mi salida de los domingos. Que fuera con los chicos con cáncer fue toda una casualidad. Fue muy duro, porque soy de las que veo un chico en la calle pidiendo y lloro. Me pasé meses llorando hasta que uno hace esa coraza y se cuestiona que, si no cambia, no puede hacer el trabajo. Me hice dura a lo que veía, sin perder el objetivo. Pero me acuerdo de cada uno, de sus caritas, de las conversaciones, yo iba todos los días al hospital para ver a los chicos.
-¿Cómo era el vínculo con los niños en esa situación?
-Siempre está el que te atrapa por su picardía. Tuvimos un nene que el día que falleció no faltó un solo voluntario, y en ese momento ¡éramos 50! Nos había atrapado a todos, era tremendo, tenía unas ocurrencias terribles, imposible no reírse con él. Era el preferido de médicos, enfermeras y voluntarios. Se llamaba Cristian, y se nos fue a los 9 años.
Estela no se detiene: “Hay niños que te dan enseñanza de vida. Una enfermedad así los hace madurar de golpe, y nos hace ver lo corta que es la vida”.
-¿En qué invierte el tiempo ahora?
-Ahora lo invierto en mí, porque mi salud no está bien y hay días que puedo movilizarme y en otros me cuesta más. Me encantaría volver a tener unas horitas en Soles, pero me conozco y sé que cuando me comprometo, me involucro y no quiero defraudar. Decir que sí voy a ir y el día que tengo que hacerlo no pueda. Por eso me mantengo al margen.
Para Estela, “mi sueño estuvo cumplido. Todos me decían que estaba loca cuando les decía que los niños iban a tener su casa. Y la tuvieron. En seis años pasamos de sentarnos en los cordones de la vereda o en las escalinatas a tener toda una casa armada, todo armado en el hospital para que coman, que estén contenidos. Estoy satisfecha con lo que hicimos en seis años. No llegué a la casa propia, pero llegó otro. Otra gente que siguió trabajando lo logró, y eso es lo importante. Ojalá hagan mucho más”.
Estela Ana Medina fue seis años presidente de Soles, la primera de la Asociación Civil que en el 2025 cumplió 25 años. Se considera “una persona común, como cualquier otra”, pero el amor que traslucen sus palabras se perciben en cada sílaba y erizan la piel.
Estela rescata que Soles no habría sido Soles de no haber tenido tres valores fundamentales: amor, empatía y honestidad. Y que sus dos momentos más importantes fue recorrer el Hospital de Niños a las 4 am y ver a padres durmiendo en el piso de los pasillos sobre cartones, lo que le valió tomar conciencia de la necesidad; y cuando pudo inaugurar una “casa grande, antigua, hermosa que me enamoró”, para albergar a las familias.
Reconoce que no podría haberlo logrado sola. Aquel primer “aleteo” en el Hospital de Niños encendió una chispa que hoy se traduce en la ayuda a cientos de personas sumergidas en un momento difícil, cruel e inimaginable. Pero aquel primer “aleteo” provocó el “caos” más conmovedor, el que sólo alguien que vive para el prójimo puede crear.
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