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RAMÓN MIGUEL RAMÍREZ (9° DAN KAIZENKAN): “El karate va a evolucionar, pero la disciplina no se puede perder”

Ramón Miguel Ramírez (“Miguel” para los amigos porque “Ramón no me gusta”) tiene la calma de los años y la profundidad de la experiencia. Por él pasaron casi 30 años en el servicio de policía, hasta que se retiró como sargento 1°, y casi el doble (57) de karate. Hoy, a los 72 años, es 9° DAN, uno de los cinturones más altos en la graduación del karate de Córdoba y la Shorin Ryu KaizenKan.

Desde que a los 15 años decidió encarar al sensei Tsuguo Toma, para pedirle ingresar a su Dojo, el karate ha sido parte de su vida.
Desde entonces nunca abandonó el arte marcial. “Me gustó la disciplina, lo táctico, la gente con la que me rocé. Tuve un gran maestro que fue el sensei Toma. Después pasé por Miyazato, llegué con cinturón verde e hice la carrera hasta séptimo Dan”. 

Tras dejar Miyazato, por su amistad con Roberto Gerban, se incorporó a la KaizenKan. Cuando el propio Gerban fue a Japón, “llevó un video mío y me trajo el cinturón del octavo DAN; y un par de años después Roberto me ascendió al noveno”, resumió.

Para Miguel, Gerban es más que un sensei, lo define como “su hermano”. Y es recíproco porque el propio sensei de la KaizenKan lo reconoce como su sempai. “Tengo más antigüedad que Roberto, por eso dice que soy su sempai”, explica. Y sigue: “Roberto es mi hermano, con todas las letras, y mi consejero. Quiere que este siempre con él, y eso me emociona”. 

-¿Te gusta transmitir el karate?
-Poder desempeñar y enseñar el karate le hace bien al ser humano. Llegar a una cierta graduación y dar clases es muy importante. Sí, me gusta, y me gusta la disciplina. Pongo mucho el acento en la disciplina, exijo mucho. Me gusta que, cuando doy clases, los alumnos estén atentos. Quiero que aprendan a defenderse, pensar cómo es la calle.

Miguel Ramírez transmite más que movimientos y técnica. Cada vez que se para frente al Dojo no tiene gestos grandilocuentes ni subidas de tono. Explica, analiza. A sus 72 años el respeto de sus alumnos le llega solo, todos escuchan porque tiene algo que decir.

-¿Qué te dio el karate?
-Me dio tranquilidad, en el sentido del control mental, y la convicción de que no me hizo falta usarlo porque sabía defenderme. Me gusta la tranquilidad, me gusta el arte marcial, el compañerismo, y por eso exijo mucho cuando enseño. Son movimientos que cada alumno tiene que ampliar, los tienen que estudiar y no basarse sólo en lo que dice el instructor.

-El karate es útil para la vida misma.
-Así es, es lindo sacar a los chicos de la calle y que hagan este camino. A la juventud le falta crecer, madurez, sacrificio. Antes el karate exigía mucho sacrificio. Cuando me recibió el sensei Toma me preguntó para qué quería hacer karate. Le dije “para defenderme, ando mucho en la calle”, y me respondió: “comprá arma, es más rápido, no transpira”. Después me dijeron que me había equivocado, que tenía que decirle que quería purificar mi espíritu, el alma, cambiar la forma de sentirme, estar más tranquilo. La segunda vez que intenté me hizo quedar.

-¿Y pudiste purificar el espíritu?
-¡Sí! Pensé que era otra cosa el karate, pensé que iba a salir y me iba a llevar el mundo por delante. No, hace falta transpirar mucho, sacrificarse en el arte marcial. Todos saben que, hace poco tuve un desenlace tremendo (enviudé) y acá estoy. Sigo extrañándola y llorando, pero hago algunos movimientos y ‘Ramírez’ se alivia (dice en tercera persona). El karate me ayuda a encontrarme, a tranquilizarme.

-¿Cómo te imaginás el karate en 10 años?
-Habrá una evolución, tiene que haberla porque las cosas cambian. Pero la disciplina no se puede perder, se puede perder cualquier otra cosa, pero no la disciplina. 

-¿Cómo era el karate de hace 40 años y en qué se diferencia con el actual?
-Ha cambiado un poco porque hay que adaptarse a estos tiempos. Cuando uno empezó a hacer este camino eran otros maestros, ahora evolucionó, salieron maestros nuevos que tienen condiciones para estar frente a los alumnos. Lo principal es la disciplina. Si se autodisciplina el instructor, los chicos van a andar disciplinados. 

Ramón Miguel Ramírez, “Miguel” para los amigos, tiene la calma de los años y la profundidad de la experiencia. Tiene la voz sencilla de quien ha transitado un largo camino, y la emoción a flor de piel que le despierta su familia del karate y le juega malas pasadas en su voz. Y acá está, a los 72 años levantándose de un duro golpe de la vida. “Pero hago algunos movimientos y ‘Ramírez’ se alivia”, dice. Es que, en cada gesto, en cada kata, en cada enseñanza, él está purificando su espíritu.

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