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MANUEL ALBARENQUE, MÉDICO NEURÓLOGO Y TENISTA: “El tenis me formó en valores, me enseñó a jugar en equipo y, sobre todo, me dio muchos amigos”

El tenis de hace unas dos o tres décadas atrás era muy diferente al que vemos ahora. La vida de club se asemejaba mucho al de la familia, los jugadores guardaban cierta etiqueta, y la caballerosidad en la cancha era un requisito ineludible.

Era más que tenis; se trataba de un contexto donde se realzaban valores. Con esa vara se medía todo lo que hacías, y la vidriera tenía color rojo ladrillo. “Como sos en la cancha, sos en la vida”, decían.

En ese mundo creció Manuel Ernesto Albarenque, 79 años, reconocido médico neurólogo y neuroradiólogo de Córdoba, y miembro de una familia en la que, desde su padre Manuel (p) y su mamá, Lía Terán (aunque no jugaba), hasta sus cinco hijos, respiran tenis. “En casa se vivía el tenis”, es su primera reflexión. Y siguió siendo así.

“Concurro al Córdoba Lawn Tenis desde mi infancia, 7 u 8 años. Inicialmente lo hice como socio familiar, porque vengo de una familia de tenistas. Mi padre, su hermano, mis tíos maternos, un hermano y dos de sus hermanas, e incluso una pariente de la década del 40, Isabel Ponce Laforgue, que fue jugadora de Primera en tenis y Scratch en golf, creo que un caso único en Córdoba”, rescata.

Si bien en ese contexto era difícil escapar del magnetismo del tenis, él le agregó un interés personal que lo pinta: “me atrapó por ser un deporte individual, y la necesidad de superación y el desafío conmigo mismo. Reconociendo límites, me preparó para desarrollarme como persona”.

De joven, en un tiempo en el que era poco habitual cruzar las fronteras de la Provincia por el deporte, Manuel sobresalió en “menores y juveniles, como se decía en este tiempo. Llegué a ser número uno de Córdoba por esos años, y pude jugar un año en Buenos Aires”.

Claro que, para eso, hubo un “previo acuerdo con mi padre, que me autorizó siempre y cuando no perdiera un año de colegio ni tampoco un año de carrera de médico. Consensuamos, e hice libre el sexto año del colegio Monserrat”.

A los 19 años colgó la raqueta por primera vez: “dejé de entrenar para entrar a la Facultad de Medicina, y durante ocho años suspendí el tenis. Recién lo retomé luego de terminar mi residencia, cuando tenía casi 27 años”.

Si bien el camino del tenis profesional (por entonces no tan accesible) se truncó, no se privó de jugar en Primera (1961). “Tuve la suerte de poder jugar en Primera desde los 15 años gracias a que en aquella oportunidad jugaba por el Córdoba Athletic. Me integré al equipo de Primera del club, y jugué con Luis Alfonso, Guillermo Arraya y Jesús “el Coco” Ortega. Llegamos a ser campeones de Interclubes de Primera uno de esos años”, en los tiempos en que los duelos entre los clubes sociales tenían público y un fuerte sabor a clásico.

Una vez graduado de la Facultad (su prioridad), retornó al tenis. Y como si no se hubiese ido nunca, logró el título más importante de su carrera tenística: “a los 27 (1973), de compañero con Eduardo ‘el Chango’ Pérez, un querido amigo, ganamos el Campeonato del Centro de la República, el más importante del interior del país”.

Si bien era un torneo fuerte en la agenda nacional, ganar un título de este nivel equivalía a estar entre los mejores jugadores del país en Primera. De hecho, “el Chango” Pérez fue uno de los grandes referentes cordobeses de esos años.

La medicina lo llevó a vivir unos años en el extranjero, en donde no desenfundó demasiado la raqueta. Lo suficiente como para jugar un verano de compañero de un vietnamita refugiado, y lograr el ascenso del Tenis Club Universitario de Ginebra a la Primera División (1977).

Tras un nuevo receso, retomó el tenis a los 35, para participar en los torneos seniors.

“El tenis me dio muchas cosas en mi vida -reflexiona Manuel-. Valores, capacidad de análisis, de resiliencia, y sobre todo, de manejar frustraciones. Me enseñó a jugar en equipo en el doble, y en especial me dio muchos amigos, experiencias que pude transpolar a mi vida profesional y familiar”.

A los 79, el tenis sigue estando presente en su vida. “Tendría muchas anécdotas de tenis, pero poder jugar con mis hijos un partido de dobles los domingos a la mañana, es una sensación única. Me tienen paciencia obviamente, porque se juega sin respeto ‘al viejo’”.

Así es Manuel Albarenque. Una de esas personas formadas con moldes que ya no se imponen. Esos que le permitieron superarse y afrontar los desafíos en los distintos ámbitos de su vida, y un espíritu que aún hoy se mantiene, aunque sea para medirse con sus hijos los domingos a la mañana. Porque ese día se juega “sin respeto al viejo”, como le gusta a él. Como debe ser.


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