QUIENES SOMOS

EDUCACIÓN ESPECIAL: Cristina Gentili, la fuerza de una madre que evolucionó su amor en educación para chicos con discapacidad

"Los retos de la vida no están hechos para paralizarte, sino para ayudarte a descubrir quién eres" (Bernice Johnston Reagon)

Cristina Gentili, ingeniera civil, tenía 30 años cuando la vida le puso un muro enfrente. A ella y a su marido Luis Toselli. Su tercer hijo Federico, que no paraba de llorar y de pasar de médico en médico, fue diagnosticado finalmente de toxoplasmosis congénita.

Como es lógico, el golpe sacudió el alma de la familia. Pero los golpes suelen bifurcar en dos caminos: o el sendero de la resignación, o la escarpada senda de afrontar los problemas. Por suerte para Fede, la familia decidió darle la “oportunidad que le había dado a sus hermanos”.

Con los años, aquel golpe mutaría en una entidad de enorme valor, una institución educativa, en la que Cristina podría volcar toda su experiencia adquirida para ayudar a otros chicos: el Instituto Nivel Medio Especial Mater y Aprestamiento y Formación Laboral, que hoy cuenta con 60 alumnos y otros 35 en los cursos de formación laboral.

El camino correcto

“Hasta que no surgió la problemática de mi hijo, no sabía mucho de discapacidad, cómo cambiaba la vida, no sabía cómo se enfrentaba”, se sincera Cristina con los ojos vidriosos. “Fue por una mala praxis -agrega-. No hubiese sido discapacitado (o muy poco), si se hubiese hecho lo que había que hacer. A raíz de eso empecé a estudiar para ayudarlo en todo lo que fuere”.

EL INSTITUTO EDUCATIVO MATER, UNA REFERENCIA EN LA FORMACIÓN DE PERSONAS CON DISCAPACIDAD EN LA PROVINCIA, TIENE SU SEDE EN CALLE JUAN ANTONIO ARGAÑARAS 1756, BARRIO VILLA CABRERA (CIUDAD DE CÓRDOBA)

Cristina pasó por todos los escalones del proceso: cayó en un pozo, no paró de llorar, se sintió culpable, y se cansó de escuchar que su hijo no podría superarse por su discapacidad. “Así que le di la oportunidad que le di a sus hermanos. No sólo yo, mi marido y mi familia”, insiste.

A partir de allí un camino conocido. Al momento de escolarizar a Federico, comenzó la búsqueda de nuevas respuestas. Pero con una salvedad: el espíritu incansable de Cristina la llevó a estudiar mucho, investigar, y empezar por algo poco común entonces, pero que implementó por inspiración propia: la estimulación temprana.

“Lo ingresé en una escuela especial, pero por el nivel que había logrado mi hijo, necesitaba una escuela común. Sobre todo porque en los primeros años él podía tolerar un ambiente en el que se le exige que esté sentado, que vaya a leer. Podía integrarse en ese ambiente como persona y no estar aislado. Busqué una escuela común, para seguir acrecentando sus capacidades y habilidades”, recuerda.

Mientras tanto, Federico había podido hacer estimulación temprana en fonoaudiología y psicomotricidad en Alpi. “Me puse a estudiar la parte neurológica, psicomotricidad, fonoaudiología, psicología. En neurología de esa época, en el exterior, se hablaba de la continuidad del tratamiento. Hablamos de 36 años atrás”, aclara.

Su casa se convirtió en un Centro de Rehabilitación, mientras continuaba con su trabajo de ingeniera civil. Entonces apareció alguien que le daría un envión necesario. “Encontré una psicopedagoga. Busqué alguien que se animara a romper ese paradigma de que, por ser discapacitado, no aprende. Somos nosotros los que tenemos que enseñar bien, no sólo por reglas tradicionales. Es Adriana Mancini. Empezó una relación espectacular, y entre las dos enfrentamos la faz cognitiva. Me explicó un montón de cosas, y yo aprendía, buscaba. Poco a poco llevamos a Federico al nivel que tiene hoy”, valora.

De mamá a directora

Con el tiempo Federico fue evolucionando, al punto de conseguir trabajo en un centro comercial, donde hoy se desempeña en tareas más complejas de para las que fue contratado. Para Cristina, a estos chicos “sólo hay que brindarle los tiempos. Con una adecuación curricular, y entendiendo la forma en que aprenden, usando la multiplicidad de técnicas (se llama Diseño Universal del Aprendizaje), una persona tiene un proceso de aprendizaje, aunque más lento. Hay que hacer una adecuación significativa del conocimiento, pero esa persona lo adquiere”.

Para Cristina cada persona es diferente y tiene su ritmo de aprendizaje. Entonces la clave es adecuarse a él y darle los contenidos adaptados. “Si vos sabés como él aprende, lo que le enseñaron, cómo está él, podés empezar a ayudarlo para que adquiera el conocimiento. Se requiere tiempo, que comprenda que el error no es malo, que lo va a ayudar a superarse, y darse cuenta de que es una persona y merece respeto como cualquier otra”, asegura.

Así, sin saberlo, en su mente comenzaron a gestarse los cimientos de lo que sería el también conocido como Centro Educativo Mater, en donde su esposo Luis es el presidente de la Comisión Directiva.

“Los secundarios de esa época eran una continuidad de la primaria, no había un esfuerzo para seguirles exigiendo para que adquirieran conocimientos. Y hay que hacer toda una preparación para eso. Había un proceso que no se daba, que era la continuidad de él como persona hábil y con derechos, e igualdad para obtener los mismos conocimientos”, observa. Y sigue: “Decir que por la discapacidad no lo logra, no es cierto. Lo logrará antes, durante o después, o logrará muy poco, pero algo va a lograr”.

Para el 2003 se convierte en Representante del Instituto, que había nacido cinco años antes. Y le pone su impronta y los conocimientos que adquirió en el proceso con Federico. Para ella es determinante “investigar cómo aprende el chico. Como docente tenés que saber de la multiplicidad de metodologías, y cuál es la que le corresponde al chico. Ese es el Diseño Universal del Aprendizaje”.

-¿En tu Instituto lograste que los chicos aprendan?
-Sí, capacitamos a los docentes permanentemente. El objetivo es que el alumno adquiera el conocimiento, básico o muy superior, por supuesto, de acuerdo a los distintos niveles en las aulas. En un aula heterogénea podés homogeneizar el conocimiento, pero el que tiene que saber cómo planificar la clase es el docente. ¿Y qué tiene que saber el docente? Cómo aprende cada chico.

Hoy Cristina puede sentirse orgullosa: “La mayoría de nuestros chicos que terminan el secundario hacen cursos, o ingresan a la universidad, y otros hacen los talleres que tenemos de formación laboral. Los formamos como emprendedores”.

El objetivo no es otro que “cuando egresen, puedan llevar la vida lo más independiente posible. La mayor independencia que se le puede dar a una persona es que sepa leer, escribir, comprender lo que lee, y manejar el dinero. Así puede comprar su alimento, su ropa y saber cuánto gasta. Son personas. En el secundario todos tienen distintos problemas cognitivos, pero los intereses son comunes. La etapa del secundario es una relación educativa, social y emocional. Tienen problemas cognitivos que van a seguir teniendo, pero la superación como ser humano, desde que entra al Instituto hasta que egresa, es maravillosa”.


Volver a articulos de PERFILES