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BÁSQUETBOL: De vivir en una tribu en medio de la selva a transformarse en el basquetbolista más alto de la NBA: la inspiradora vida de Manute Bol

BÁSQUETBOL: De vivir en una tribu en medio de la selva a transformarse en el basquetbolista más alto de la NBA: la inspiradora vida de Manute Bol

Gentileza de Julián Mozo (*). Las interminables piernas y brazos de Manute parecieron achicarse del susto cuando, en la zona selvática donde vivía en Turalei, un león apareció de la nada y se devoró una de las vacas que él estaba cuidando. La tarea de Bol, a esa temprana edad, era resguardar y trasladar el ganado de la aldea dinka, un pueblo trashumante que vivía en el medio del campo y se dedicaba básicamente a la ganadería. Por eso, en los días venideros, asegura haber llevado consigo una lanza, por las dudas.

Hasta que el destino volvió a cruzarlos, esta vez –por suerte- mientras el felino dormía plácidamente bajo un árbol. El gigante, entonces, decidió acercarse sigilosamente y arrojar la lanza lo más fuerte posible. Así, siempre siguiendo su relato, mató al león… Cuando volvió a su pueblo, el entonces adolescente de 15 años eligió una mentira piadosa para agrandar la leyenda y ganarse el respeto de los adultos. Aseguró que había enfrentado cara a cara al Rey de la Selva, ganando la batalla con sus propias manos. Ya de más grande, sobre todo en la NBA, Bol contó una y otra vez la anécdota. “Es verdad, siempre lo hacía. Pero yo creo que no lo mató con una lanza sino con uno de sus tiros libres”, fue la reacción de Jeff Ruland, su compañero en Washington Bullets, apelando al mismo sentido del humor de Bol. Más allá de la veracidad o precisión, la historia resume lo que fueron aquellos primitivos años de su vida, muy lejos de lo que en occidente conocemos como civilización.

Manute tenía apenas seis años cuando le arrancaron ocho dientes de cuajo, como símbolo del fin de la niñez. Y 14 cuando le hicieron cuatro cortes de navaja en distintas partes de la cabeza para marcar el inicio de la adultez. En cada ritual al Dios Nhialac los chicos no podían llorar ni quejarse. El objetivo: que aprendieran a soportar el dolor. Sin precisiones reales sobre el lugar y fecha de nacimiento (aunque oficialmente figura el 16/10/62), el pivote creció entre los Dinka, el clan más grande del país con 3.000.000 de miembros. Vivían parcialmente desnudos, sin agua corriente, electricidad, alfabetización o leyes escritas (permitían la poligamia). Tampoco conocían la medicina occidental, sólo las naturales que preparaban de forma casera. Confiaban en costumbres muy disímiles a las nuestras, como recoger la primera orina de la mañana, lavarse la cara con ella y, luego de mezclarla con leche, beberla como la infusión inicial del día.

Como etnia, eran parte de los Nilóticos, muy reconocibles físicamente por su piel muy oscura, cabeza y cara alargadas, extremidades muy extendidas (manos y piernas) y una característica impactante, la combinación de delgadez y altura (el pueblo más alto de Africa con un promedio cercano a 1m83). Claro, Manute (2m31 y 85 kilos) y su familia estuvieron por encima de la media. En todo sentido. El abuelo Malouk Chol Bol medía 2m39, pero además gozaba de jerarquía real: era el jefe de la aldea y tenía 40 esposas. Su nieto, lo sabía, estaba destinado a reemplazarlo... Pero un día de 1975 conoció el básquet y su vida cambiaría para siempre. La suya, la de su familia y, en especial, la de su país y la región. Bol llegaría a la NBA y ese status y fama mundial las usaría para pelear por su pueblo, por la independencia de Sudán del Sur y la paz con la otra parte del país, tras décadas de una sangrienta guerra civil que le costó la vida a dos millones de personas.

Esta nota, mientras su apellido vuelve a sonar en el mundo gracias a la irrupción de su hijo Bol en la NBA, relatará la gran historia de Manute: los cautivantes orígenes, la cinematográfica experiencia desde que salió de su pueblo hasta que llegó a la NBA, su huella imborrable como basquetbolista y, en especial, la inspiradora lucha social por la cual dejaría hasta su vida…

Manute siempre fue distinto. Quiso estudiar, algo nada común en un pueblo que sólo buscaba mantener las ancestrales costumbres tribales: casarse con muchas mujeres, tener hijos, adorar a su Dios y cuidar la tierra y el ganado. Pero los dos días a pie que lo separaban de la escuela más cercana (al norte) fueron demasiado y abandonó a la semana, cuando tenía nueve años. Su madre se llamaba Okwok (medía 2m06) y su padre, Maduc (2m09), fue realmente influyente hasta su muerte, a causa de malaria. Quería que su hijo fuera su sucesor como jefe de la tribu. Por eso Manute debió soportar algunos rituales un tanto crueles, como marcaba la tradición dinka. Como beber sólo leche durante siete meses para intentar engordar o tener que caminar 11 kilómetros, de noche y en medio de la selva para poder empezar a cortejar mujeres de la aldea. El grandote vivía haciendo los quehaceres ganaderos hasta que sus tíos y primos de Wau -ciudad cercana hacia al sur- lo conocieron y empezaron a hablarle de un deporte donde los muy altos hacían la diferencia: el básquet. Bol tenía un defecto en los dedos de los pies: eran tan largos y se retorcían hacia adentro, muchos creen que por nunca haberse calzado... Sin embargo, su primo Víctor, un piloto de una aerolínea sudanesa, lo convenció de que podía tener un futuro. Le habló de oportunidades, de otro mundo, de dinero.

Manute, inquieto y curioso, no lo dudó y lo quiso intentar. Pero, claro, aprender un nuevo deporte, con ese cuerpo, no fue sencillo. Tanto que en una de las prácticas iniciales, con supuestos 18 años, intentó volcar la pelota y, por un error de cálculo, terminó enganchándose la boca con la red, perdiendo dos dientes, los cuales recién pudo reponer siete años después en USA, cuando conoció a los dentistas…

Hoy parece entendible que Manute se debatiera entre seguir o abandonar esa nueva extraña experiencia. Fue entonces cuando otro primo suyo, Noul Makwag, base de la selección sudanesa, lo recomendó para su mismo equipo, el Catholic Club de Jartum, la capital del país. El entrenador quedó fascinado con su presencia, pese a que su juego aún era muy rústico, y autorizó a que le pagaran bastante más dinero que al resto. Manute correspondió a la confianza: aprendió rápido y a los seis meses, tras lograr el campeonato local, era convocado al seleccionado nacional.

Allí conoció a Don Feeley, un estadounidense de una pequeña universidad de New Jersey (Fairleigh Dickinson) que en esa época era el coach sudanés. Fue a mediados de 1982 cuando Feeley, tras testearlo durante varias semanas con una exigente rutina que comenzaba a las cinco de la mañana, lo invitó a viajar a Estados Unidos para probar suerte. No tuvo que hacer demasiado para convencer a un Manute que ya no quería vivir como dinka y se había cansado de los abusos raciales a los que era sometido en la musulmana Jartum. Así fue que el 23 de mayo de 1993, Bol aterrizaba en Estados Unidos para vivir una gran experiencia de vida, junto a otro compatriota prometedor, Nihal Deng. Eso sí, sin saber una palabra en inglés y tras dejar una vida y una cultura absolutamente diferentes a las que lo esperaban. Tan distinta que el primer oficial de migraciones se sorprendió cuando lo vio y leyó en el pasaporte que sólo medía 1m59. Sí, en Sudán lo habían medido sentado…

Feeley lo hizo viajar con intenciones de reclutarlo para Fairleigh Dickinson, pero el haber llevado meses antes a otro sudanés compañero de Bol, Akila Shokai, provocó una violación a las leyes de la NCAA y eso lo dejó sin trabajo. Así fue que negoció con Kevin Mackey, nuevo coach de la Universidad de Cleveland State: “Te doy a Bol si me nombrás tu asistente”, le ofreció. Pero Mackey lo traicionó y Feeley, casi como si fuera una mercancía, fue al mejor postor. Llamó a Jim Lynam, DT de San Diego Clippers en la NBA. Le habló de este sorprendente gigante sudanés y lo convenció de elegirlo en el draft, sin haberlo visto jugar nunca. Todo a cambio de ser su ayudante en su staff. Lynam lo hizo, a medias: lo seleccionó con el pick 97 de quinta ronda, pero nunca le dio el trabajo a Feeley. Tuvo su castigo, claro: la NBA declaró ineligible a Bol (canceló la elección) y el sudanés quedó a la deriva…

La compañía de Nihal, que sabía inglés y estaba más preparado que Manute, fue clave para pasar esas semanas de desolación, en las que incluso meditó volver a Sudán. Alojado en un hotel de Cleveland, con el dinero justo, esperó hasta que la NCAA determinó que Cleveland State no podía incorporarlo luego de pagarle el pasaje y darle otras retribuciones, todas acciones penadas por el estatuto. Incluso la organización universitaria suspendió por dos años a la facultad y Mackey fue despedido de su cargo.

Manute no se cayó y, sin poder jugar, dedicó los siguientes meses a mejorar su inglés y a progresar en su juego. Feeley, entonces, reapareció en escena como asistente de la Universidad de Bridgeport, una facultad pequeña de segunda división localizada en Connecticut, que logró que la NCAA aceptara una beca especial para Bol. ¡Así, al fin, Manute pudo jugar! Fue durante una sola temporada (84/85) pero le alcanzó para generar un sorprendente impacto. Dentro y fuera de la cancha. Al punto de que no se conseguían entradas para un estadio de 1.800 personas que, antes de su llegada, jugaba con apenas el 30% del aforo ocupado. La historia del extraño gigante sudanés se hizo conocida y muchos profesionales quisieron ayudar, como los fabricantes de camas y los dentistas, dos servicios que Bol requeriría rápidamente. Manute, muy cómodo, promedió 22.5 puntos, 13.5 rebotes y 7.2 tapas, y el equipo ganó 26 de los 31 partidos. Al darse cuenta todo lo que había generado, Bol entendió que era el momento de dar otro salto, de convertirse al fin en basquetbolista profesional...

Manute consiguió un lugar en una liga menor, la USBL, para jugar para los Gulls de Rhode Island. Allí compartió equipos que dos jugadores que serían NBA, el pivote Hot Rod Williams y el Spud Webb, un base de apenas de 1m69 que llegó para hacer el contraste ideal con sus 2m31 y armar una campaña de marketing. Justamente, la foto de ambos que grafica esta nota impactó en todo el país. Se lo ve a Manute simulando taparle un tiro ante el gran despegue de Webb, un salto que un año después se haría famoso mundialmente al permitirle ganar el torneo de volcadas de la NBA. En el puñado de partidos que jugó, Manute cautivó a varios reclutadores NBA al bloquear 14 tiros por juego... Por eso no sorprendió que pocas semanas después lo eligiera en el draft. Fue Washington Bullets, gracias a la decisión del GM Bob Ferry, quien lo seleccionó con el pick 31 de la segunda rueda. Así, pocos meses después, Bol se convirtió en el primer africano en jugar en la mítica liga, logrando ocho tapones en un amistoso nada menos que ante los míticos Celtics. Poco más de un mes después, en el primer partido oficial, Bol impactaría aún más con 15 tapas, la segunda mejor marca de la historia. Todo estaba servido en bandeja.

Con un puñado de minutos, Bol ya era el gran foco de atención de la NBA. Por su altura, claro, pero también por su juego, historia y carismática personalidad. Empresas como Nike, Coca Cola y Kodak se acercaron y lo contrataron como su imagen. Así fue que, en su primera temporada, Manute embolsó casi tan dinero por sponsors (100.000) como por su salario (130.000). Los Bullets lo aprovecharon bien y no sólo en la cancha. Copiando el éxito de aquel equipo de USBL, centraron su temporada en la campaña de marketing protagonizada por este personaje llamativo. Incluso, para completar la estrategia, eligieron en el draft al jugador más bajo de la historia (1m59), con la idea de exacerbar la talla de Manute. Una foto de ambos, el más bajo y el más alto (Bol comparte ese privilegio con el rumano Muresan), es una de las fotos más icónicas de la historia de la NBA. Para completar el combo, Bol respondió en la cancha siendo una máquina de taponar tiros. Al punto de batir el récord de promedio (4.97) y cantidad tapas (387) para un debutante.

Su impacto, está claro, estuvo en defensa. Sus brazos eran como ramas de un árbol, o aspas de molino que se movían y evitaban conversiones. Las dimensiones de sus extremidades, su mejorada movilidad y un sorprendente timming lo convirtieron en uno de los mejores taponadores de siempre. Incluso, en un partido jugando para los 76ers ante Orlando, metió cuatro tapas seguidas en una misma ofensiva y en menos de seis segundos. Cuentan que los compañeros le pedían que en los entrenamientos dejara de taponar porque no podían tirar cerca del aro… No sorprende entonces que hoy sea el único jugador en la historia que tiene más tapones (2086) que puntos (1599). Pero Manute siempre quiso más y fue más allá... Desde su llegada a USA le había gustado salir al perímetro y en la NBA cautivó a todos cuando empezó a tirar de lejos. No era hoy en día, que todos los grandes tiran… Antes era una rareza y más si medía 2m31… Verlo era toda una experiencia en sí misma. Sus brazos finitos y largos, casi interminables, iban hacia atrás de su cabeza y el tiro salía como una catapulta, bien volado. Cuando los lanzamientos entraban, eran bombas que llegaban del cielo y explotaban en la red. Como aquella noche que metió seis triples en un primer tiempo en el American Airlines Arena de Phoenix.

En la NBA terminó jugando diez temporadas, aunque en las últimas dos sólo sumó 33 partidos, a causa de la artritis en rodillas y muñecas. En total cambió de equipo seis veces hasta que se retiró en 1995. Técnicamente, tenía 32 años, pero está bastante claro que eran muchos más. Mackey, aquel DT que lo guió en sus primeros años, contó que él mismo había decidido la fecha de nacimiento cuando tuvieron que hacer el pasaporte. “Opté por el 1° de septiembre de ese año para asegurarme que tuviera la edad adecuada para jugar en la universidad, pero creo que tenía cerca de 40 en esa época. No hay manera de saberlo. Quizá jugó en la NBA hasta con 50 años”, explicó para sorpresa de todos. Cuando dejó la NBA, buscó opciones en el exterior y hay dirigentes de Ferro que aseguran que tenía todo arreglado para jugar nuestra Liga Nacional en Caballito. Prefirió Africa, para estar más cerca de su país. Primero en el Sadolin Power de Uganda, en 1996, al que condujo al título local. Y luego en Qatar, la última vez que se lo vio vestido de jugador. A esa altura, los dolores corporales eran más fuertes y Manute tenía un fin mucho más elevado...

Tras varios viajes a su país entre temporadas, Bol ya tenía claro que usaría todo lo logrado en la NBA, incluidos los más de 10 millones embolsados entre salarios (5.9) y contratos publicitarios, para devolver a su pueblo, para lograr la salvación de un país arruinado por décadas de una encarnizada lucha. “Creo que era 1991 cuando vi las noticias sobre Sudán en TV. El gobierno estaba matando a mi gente y me dije que algo tenía que hacer. Así que decidí convertirme en guerrero. Un guerrero pacífico. Sentía que había hecho dinero, fama, y que era el momento de entregarle algo a mi gente”, recordaría años después en una entrevista con la cadena NBC.

La Guerra Civil Sudanesa entre el norte y el sur tuvo sus orígenes en los años 50, incluso antes de que el país se independizara en 1956. Previamente había pertenecido al Imperio Británico y a Egipto (por eso la gran influencia musulmana), aunque las dos partes nunca se habían unido. Por muchos motivos, sobre todo creencias religiosas y costumbres. El Sur, cristiano y tribal. El Norte, musulmán y más desarrollado. En realidad hubo dos conflictos, el segundo mucho más brutal, uno de los más largos (1983-2005) y feroces del siglo XX: casi dos millones de civiles fueron asesinados en el sur, la cifra más alta desde 1945, y otros cuatro se calculan que fueron desplazados de sus hogares. Se estima que Bol llegó a perder 250 familiares en la guerra.

Sin embargo, lejos de buscar revancha, puso la otra mejilla y no sólo luchó por liberar a su pueblo sino que intentó, siempre, unir a ambas facciones, aunque sólo escuchaba que era imposible. Lo que primero hizo, siendo NBA, fue visibilizar el conflicto en el mundo y luego puso el cuerpo. Y su bolsillo. Viajó a la zona de conflicto, arriesgando su vida, para ver la situación por sí mismo y organizar ayuda humanitaria a través organizaciones como la ONU. También destinó parte de sus millones para ayuda solidaria, solventar a los grupos independentistas y, en especial, construir escuelas. Aseguran que en total fueron 41 en todo el país, sin hacer distinciones de nada. “Quiero que todos los niños de mi país tengan educación, ya sean de Sudán del Sur, Darfur o Jartum, e independientemente de la religión que profesen”, aclaró Manute, siempre con un discurso inclusivo.

Pero, claro, todo debió hacerlo solo. O casi. Su mujer lo abandonó y se volvió a USA para vivir con sus cuatro hijos. Manute sabía que su destino estaba en su país. Pero todavía le faltaba mucho camino por recorrer. Ser el más importante embajador africano en el mundo de la época hizo que el gobierno del norte lo invitara para empezar las negociaciones de paz. Al ex pivote le aconsejaron no asistir a esa reunión, pero él prefirió arriesgar. Y fue engañado... Como condición para la paz le pidieron que se convirtiera al Islam, pero como Bol lo rechazó y Omar Bashir, el presidente de facto del Norte, aprovechó para acusarlo de ser espía estadounidense. Aseguraba que Bol pasaba información, por ejemplo de un tal Osama Bin Laden, a quien en esos años le habían dado refugio a cambio de su apoyo al régimen.

Manute admitiría tiempo después que había advertido al gobierno de USA sobre la amenaza que se ocultaba en su país. Incluso admitió haberse reunido en el Pentágono con 58 miembros del Congreso para explicarles el peligro que podía significar la organización Al Qaeda. Cuando Sudán fue puesto en la lista de “estados patrocinadores del terrorismo”, Al Bashir culpó a Manute, quien terminó condenado a prisión domiciliaria. La reclusión la cumplió en una casa en los suburbios de Jartum, con dos esposas, un hijo y 14 parientes. Allí pasó un par de años encerrado, sin trabajo ni dinero, pero manteniendo su voluntad de mediar en el conflicto. La presión de organismos internacionales hizo que los extremistas musulmanes lo liberaran y, cuando salió, escapó primero hacia Egipto y luego hacia USA, en 2002. La reacción popular le hizo dar cuenta que su poder e impacto habían crecido aún más. Algo similar a lo que había pasado con Nelson Mandela en Sudáfrica.

El próximo obstáculo fue económico. En bancarrota, Bol tuvo que vender sus casas en Egipto y Jartum, y la de Estados Unidos fue embargada por falta de pago. El siguiente, en julio del 2004, fue un accidente de tráfico en Connecticut que le provocó varias fracturas y secuelas. Pero Manute no aflojó y en 2005 creó la Fundación “Sudán Sonríe” y puso el cuerpo en un par de presencias para recaudar dinero y así continuar con la lucha humanitaria en su país. Sus últimas apariciones fueron en un famoso show de boxeo y con un equipo de hóckey sobre hielo en Indianápolis. Así fue que, ya más enfermo y contra la opinión de su propia familia, volvió a su país cuando supo que la paz podía definitivamente consolidarse. Así fue, con una sola presencia, fortificó el movimiento. Ambas facciones detuvieron los ataques y el tratado se firmó, incluyendo el referéndum de autodeterminación. Al fin, en el Sur podían decidir su propio destino y Manute sentía que su deber estaba cumplido.

Eso sí, ya no podría disfrutar mucho más… Para él ya era demasiado tarde. Su enfermedad renal había empeorado y otra extraña en la piel, denominada síndrome Stevens Johnson, se desencadenó en su país y, en especial, en el vuelo de regreso a Estados Unidos. Algunos creen que, casi como un designio del destino, una vez que se relajó, tras lograr el objetivo, su condición empeoró. Tras darlo todo, en todo sentido, Manute falleció el 19 de junio del 2010 en Virginia. Su impactó quedó claro en su funeral, presenciado por más de un millón de personas. Como no podía ser de otra manera y aunque muchos de sus hijos, incluyendo Bol Bol –alero de 20 años y 2m18 que por estos días está en boca de todos luego de un gran partido con los Nuggets en la reanudación de la temporada NBA-, viven en USA, los restos de Manute descansan en su amado Turalei.

Pocos meses después de su fallecimiento, a comienzos del 2011, el referéndum por la independencia se realizó con resultados apabullantes a favor (99% de los votos) y el 9 de julio, Sudán del Sur se convirtió oficialmente en el estado soberano más joven del mundo. Manute ya no estaba físicamente, pero su legado se sabía gigante. Como él. Había sido el personaje clave de la independencia y de la reconciliación entre dos pueblos con tantas diferencias y odio de por medio. Bol fue uno de los pocos que no vio a los del Norte como enemigos. Para él eran hermanos, como los dinka de su aldea. Y él no sólo lo dijo. También lo hizo. Tal vez por eso podamos pensar que no sólo sea una casualidad que Manute, en un dialecto sudanés, signifique Bendición Especial… Es fue realmente lo que fue para su sufrido país.

“En Sudán, al hablar de Manute, pensamos inmediatamente en todo lo que hizo para ayudar a su gente, sólo después en sus éxitos deportivos. Hizo cosas que no necesitaba hacer, pero hoy sabemos que no hubiese sido feliz si no ayudaba a su pueblo. Su amor por todos fue enorme y es la razón por la cual yo estoy acá”, se emocionó Luol Deng, compatriota que aprovechó la puerta enorme que abrió Bol para quedarse 15 años en la NBA (2004-2019). Aunque tal vez no hubo nadie mejor que Charles Barkley para resumir lo que significó la inspiradora vida de su compañero en los 76ers. “Mucha gente sintió pena por él, porque lo veían muy alto y raro. Pero yo les voy a decir algo: si todos en este planeta fueran como Manute Bol, este sería un mundo hermoso para vivir”. Así es Charles, no tengas dudas.

(*) Periodista de Infobae y Página 12. Esta nota fue publicada en Infobae.
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