DEPORTE Y DISCAPACIDAD: "Se adaptó a la gente y pasamos a tener esperanza" (Patricia Ferreyra, mamá de un niño con TEA)

"El fue un niño dentro de parámetros normales hasta los dos años y medio. Decía mamá, papá, señalaba, jugaba, corría las palomas. Y de apoco se fue apagando. Era pícaro, se reía, y de un momento a otro, ese niño ya no estaba. Hice una prueba: lo senté en la vereda de casa y me fui. Un niño llora o pide por su mamá, pero al no ver reacción me volví y le pasé mi mano por la vista y veía la nada. Ahí me di cuenta que algo pasaba".

Patricia es la mamá de Gaby, un niño con Trastorno de Espectro Autista (TEA) que hoy ha logrado revertir los diagnósticos a través del juego y el deporte.

A ella le llevó ¡cuatro meses! y varias consultas que el médico reconociera un problema hasta derivarlo a un neurólogo. Incluso la trató de madre "sobreprotectora". El neurólogo fue quien les habló del "trastorno generalizado del desarrollo, dentro del espectro autista".

"No teníamos ni idea. Le pregunté qué hacíamos y me dijo que era una condición para siempre. Tuvimos sentimientos contradictorios. Primero fue un alivio, porque dijimos 'esto es lo que tiene Gaby', y al mismo tiempo se nos vino el mundo abajo porque no sabíamos de qué se trataba, si iba a hablar o no iba a hablar más. Los médicos nos decían que estos niños no tienen techo, que podían superarlo o no. Esa incertidumbre nos hizo muy mal, pasamos por mucho duelo, hasta llegar a la aceptación", cuenta. 

"Queríamos que Gaby hablara, pero nos dimos cuenta que lo importante no era eso sino que pudiera comunicarse de alguna manera. Pasamos por muchos tratamientos, muchos terapeutas, pero no llegábamos a sentirnos tranquilos porque él no se superaba. Teníamos una vida social nula, nuestra vida social quedó reducida a la casa, las terapias y el trabajo. Gaby tenia problemas sensoriales graves, él no podía escuchar música, no podía ver gente, le hacia mal hasta los colores estridentes. De repente estábamos encerrados", reconoció. 

Hasta que encontraron su lugar: "un día nos hablaron de la Fundación El Placer de Jugar. Nos cambió la vida porque Gaby empezó a ir al club. Tuvo un período de adaptación muy corto, le gustó, y por primera vez nos sentimos contenidos porque todas las familias pasaban por lo mismo, ya no eramos los únicos con este problema. Recuperamos la vida social, nos juntamos con los padres a comer asado, un día nos juntamos las mamás a comer, otro día los papás, a hablar de otras cosas que no es sobre  discapacidad". 

Y entonces Gaby cambió. "Empezó a sonreír, a gustarle lo que hacía. Nos dimos cuenta cuánto le gustaba cuando escucha el transportista y está con la mochilita esperándolo. Empezamos a ir un cine, a un súper. Hasta el día de hoy Gaby no habla pero está feliz y eso es lo más importante. Aprendió a nadar, participa de torneos de natación, y en ese club lo tiene a su hermano de profesor. Estamos muy agradecidos de este espacio para niños con autismo y para los padres también". 

Pero el trabajo de la Fundación, que tiene su sede en el Club Las Palmas, se plantearon objetivos de superación. "Gaby empezó a desensibilizarse, a escuchar a otras personas, puede ir a un cumpleaños, salimos con él. Se fue adaptando a la gente y comparte con sus pares un momento de juego. Y nosotros pasamos a tener esperanza. El cambio fue total. De no poder salir, ahora juega, participa, lo disfruta, va a un boliche, a un bowling, siempre con El Placer de Jugar. Y ahí nos empezaron a enseñar a despegarnos". 

Y esa esperanza que logró, ahora se anima a crecer: "Hoy nuestro próximo logro es que pueda vivir solo algún día. No pierdo las esperanzas. Si un día no podía salir de mi casa y hoy está  participando de Ligas de natación, ¿quién dice que no podrá?".

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