SUSTENTO ECONÓMICO: LA PARTE OLVIDADA DEL DESARROLLO DEL DEPORTISTA

Desarrollarse y llegar al éxito como deportista  internacional no es nada fácil. Hay que ganar. No hay segundas opciones. Para triunfar y llegar a estar en la élite, no hay otra que subirse a los podios y demostrar que merece estar allí, y todo en un tiempo limitado de desarrollo.

Por eso, por lógica, en los comienzos todos los esfuerzos de su entorno están enfocados en apoyar al deportista: en entrenamiento (materiales, lugar), asistencia profesional (PF, psicólogos, nutricionistas, etc.) y competencia (viajes, insumos). Muchos deportistas, por sus condiciones, logran sobresalir en su región con un gran sacrificio económico de la familia.

Pero cuando se ingresa al alto rendimiento y se piensa en triunfar en el exterior, aumentan las exigencias, los viajes son más largos, el nivel de los entrenadores y entrenamiento debe ser más altos, y los rivales están cada vez mejor preparados. Y empiezan a jugar otros factores que no son los de la calidad técnica o sus condiciones naturales. Entonces los recursos ya no son suficientes para dar ese salto de calidad.

Aquí es donde se aprecia la parte oscura del desarrollo del deportista: la falta de posicionamiento de su imagen, la poca exposición en medios, y el desconocimiento de los potenciales espónsores de su proyección, una labor que debió comenzar desde temprano, cuando empezó a demostrar que su proyección era alta. Generalmente esta necesidad aparece en el momento preciso del despegue, y… el dinero no está.

En 2016, cuando finalizaron los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, una evaluación del Enard por los resultados obtenidos llevó a un gran recorte de becas para deportistas, lo que generó una ola de críticas. En realidad, el ente nacional había planteado de antemano y anticipado que lo haría, y es razonable evaluar por resultados.

Lo que los deportistas olvidaron es que, para llegar a esos niveles de competencia, generaron una “carrera” fundada en la confianza en préstamos volátiles, y olvidaron desarrollar la generación de ingresos y los argumentos por los cuales las empresas privadas u otros mecenas podrían apoyarlos en su evolución.

Está claro que hablamos del grueso de los atletas, no de aquellos que tienen tanta calidad (David Nalbandian, Ángel Cabrera, Soledad García, Eduardo Romero, Georgina Bardach, José Meolans), que por su nivel generan confianza y atraen los pocos recursos en danza.

Hace unos años un campeón argentino de motociclismo se acercó para que lo ayudara a conseguir apoyo económico. La cifra era cercana a los 10.000 dólares por mes (al cambio de ese momento). Le pregunté cuánto invertía por mes en su propia imagen, y me dijo: “cero”. Y le respondí con confianza: “cada vez que golpeas una puerta solicitando apoyo, estás pidiendo un favor. Y lo que hay que ofrecer es una razón sólida por ese respaldo”. El debía verse como un producto confiable, atractivo y con proyección.

Un deportista es como un emprendimiento. Él debe aportar compromiso, entrenamiento, calidad, pero también debe contar con logística, un equipo técnico de jerarquía y un desarrollo de imagen que haga que su esfuerzo sea conocido, y que sus logros motiven ese apoyo económico que le permita despegar. El error es no pensar, desde el inicio, en cómo generar una base económica que sustente el proyecto, venga de donde venga.

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