SILVIA VÉLEZ FUNES: Una vida comprometida con la inclusión

Hablar de Silvia Vélez Funes es casi sinónimo de su labor con chicos con discapacidad. Es mucho más que trabajar con ellos en el deporte, es un acompañamiento constante cuyo premio no es otro que el amor de los chicos. “Recibo muchísimo amor, ¿qué otra cosa mejor podés esperar?”, asegura. Y sin embargo, es apenas la punta del iceberg de una obra que se concluye cuando ha madurado lo suficiente como para manejarse solo.

Su historia empezó temprano. Con 7 hermanos, a los 15 les enseñaba natación y siempre tenía uno en pileta chica. “Era importante que pasara a pileta grande para no cuidar tanto. Hasta que un excelente profe, el ‘Chato’ Astrada me llamó, me enseñó y me hizo amar esta profesión”. 
Luego dos hechos la llevarían a la discapacidad. “Daba clases de natación a convencionales y me llamaron para enseñarle a una niña que todavía no tenía diagnóstico. Y a los pocos meses nació mi sobrina con síndrome de down, y le dije a mi hermana que la llevara a la pileta. Los comienzos fueron con clases individuales, con chicos muy chiquitos”, agrega.


El click llegó en el ‘95. “Al poco tiempo ingresó un alumno con un problemita en la escuela, no lo habían invitado a un cumpleaños. Ahí me plantee que estaba haciendo lo mismo que el resto de los docentes. Hacía clases individuales, no tenían amigos, seguían solos, y a esa altura se hablaba sólo de integración. Me pregunté, ¿cuál es la integración? Entonces nos juntamos con kinesiólogos, psicólogos, y armamos un equipo donde hacíamos una hora de rehabilitación en seco, una hora de natación recreativa, y una hora con otro kinesiólogo en una pileta de hidro”.

Una invitación a una de sus alumnas la motivó a viajar a su primer torneo de natación adaptada en Mar del Plata. “Eran cinco chicos. La pileta tenía 50 metros y entrenaban en una de 15 y sólo tenían ocho años. Al principio les dio miedo pero pudieron conocer la pileta, se largaron y les fue muy bien. Ahí empezamos con diferentes eventos, pero con la intención de que disfruten de que la pasaran bien y vieran otras realidades. Eran chicos con muchas dificultades, no eran autónomos, no manejaban dinero, y a raíz de todo esto empezamos a hacer salidas. Ir al bar, tomar la leche, que tengan que pedir, que pagar, los llevé al bowling, festejamos cumpleaños y así surgió la parte social que es lo que los une”, afirma.

-¿Quién te orientó para organizar un grupo o un equipo de trabajo?

-Surge de la necesidad de los chicos, de lo que escuchaba que les pasaba. Necesitaban otra cosa, necesitábamos unirnos, tener un grupo, tener pertenencia, un grupo con el que pudiesen compartir, salir, ir a un parque, al cine. Cuando fueron creciendo (hoy tienen 23 más o menos) vi que pueden organizarse solos, ir al parque, hacer un hamburgueseada. Eso me hace feliz porque veo como crecieron. De no poder manejar dinero hoy pueden organizar una salida. Eso es lo máximo que podes pedir, verlos felices.

El compromiso fue a primera vista. “No fue algo solo profesional. Siempre tengo la imagen de un niño que quería que le festejásemos el cumpleaños porque nunca lo habían hecho, ¡y se lo organizamos! Cuando le conté me dijo: yo me voy a largar a llorar hasta que consiga que me festejen el cumpleaños. Y así hizo”, expresa.


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